Tiempo Para el Cambio – Agartha , Alexander Saint Yves d’ Alveydre

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19-04-2016

Sucedió en el último cuarto del siglo antepasado.

Se supone que fue en 1885 cuando el marqués Alejandro Saint-Yves d’Alveydre, 1842-1909?, recibió la visita del prí­ncipe afgano Hardij Schripf, acompañado de dos misteriosos personajes, enviados-decí­an- por el Gobierno Universal Oculto de la presente Humanidad, los cuales le revelaron la existencia del Agartha y su organización espiritual y polí­tica….”

Este ocultista francés escribió un libro, Misión de la India en Europa, donde revelaba la naturaleza de Agartha, y mandó a imprimir doscientos ejemplares para ser publicados.

Pero ante amenazas provenientes de la India, el autor decidió destruir cualquier rastro del manuscrito.

Un solo ejemplar sobrevivió y fue conservado por el hijo de Saint-Yves, que más tarde regaló al mí­stico Papus. Saint-Yves dijo además que Agharta, que en idioma sáncristo significa Comunidad o Comarca Suprema, se encontraba ubicada en el Desierto del Gobi, o sea en pleno corazón del Asia.

SAINT-YVES D’ALVEYDRE
La Misión de la India en Europa. La misión de Europa en Asia (1910)

AL SOBERANO PONTíFICE PORTADOR DE LA TIARA DE LAS SIETE CORONAS, AL BRAHMAN ACTUAL DE LA ANTIGUA PARADESA METROPOLITANA DEL CICLO DEL CORDERO Y DEL CARNERO.

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Este nombre, el Agarttha, significa inalcanzable a la violencia, inaccesible a la Anarquí­a.

Este hierograma solo, podrí­a dar la clave de la respuesta de la Sinarquí­a trinitaria del Cordero y del Carnero, al triunfo del Gobierno general de la fuerza bruta, ya se llame conquista militar, tiraní­a polí­tica, intolerancia sectaria o rapacidad colonial.

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¿Dónde está el Agarttha? ¿En qué lugar preciso se encuentra? ¿Por qué caminos hay que andar, y qué pueblos hay que atravesar para llegar hasta allí­?

A esta pregunta, que se harán con toda seguridad los diplomáticos y las gentes de armas, no conviene contestar más de lo que yo lo haré, en tanto no se realice o por lo menos se firme el entendimiento sinárquico.

Pero como sé que en sus mutuas competencias en todo el Asia, algunas potencias rozan sin darse cuenta, este territorio sagrado, como sé, que en caso de un posible conflicto, sus ejércitos pasarán por él, junto a él, por humanidad para con estos pueblos y el propio Agarttha, no dudo en proseguir la divulgación que he comenzado.

En la superficie y en las entrañas de la tierra la extensión real del Agarttha desafí­a la opresión y la coacción de la profanación y de la violencia.

Si hablar de América, cuyo subsuelo ignorado le ha pertenecido desde la más alta antigí¼edad, tan sólo en Asia, cerca de quinientos millones de hombres conocen más o menos su existencia y su extensión.

Pero no se encontrará ni un solo traidor entre ellos, para indicar la situación precisa en que se encuentran su Consejo de Dios y su Consejo de los Dioses, su cabeza pontificial y su corazón jurí­dico.

Si pese a todo esto ocurriera, si pese a sus numerosos y terribles defensores fuese invadida, cualquier ejército invasor, aunque estuviese compuesto por un millón de hombres, verí­a renovarse la atronadora respuesta del templo de Delfos a las incontables hordas de los sátrapa s persas.

Pidiendo ayuda a las Potencias cósmicas de la Tierra y del Cielo, incluso vencidos, los Templarios y los confederados del Agarttha, podrí­an, si fuese necesario, hacer estallar parte del Planeta, y tritura con un cataclismo y los profanadores, y su patria de origen.

Por estas causas cientí­ficas la parte central de esta tierra santa nunca ha sido profanada pese al flujo y reflujo, a los choques y engullimientos mutuos de los imperios militares, desde Babilonia hasta el reino turanio de la Alta Tartaria, desde Susa hasta Pella, desde Alejandrí­a hasta Roma.

Antes de la expedición de Ram y el dominio de la Raza blanca en Asia, la Metrópolis manávica tení­a por centro Ayodhya, la Ciudad solar.

Decidiendo con buena vista el verdadero lí­mite de Europa con Asia, nuestro Gran Antepasado céltico, situó, en los lugares más espléndidos de la Tierra, el Sagrado Colegio a cuya cabeza lo habí­a llevado su iniciación.

Las bibliotecas anteriores permanecieron intactas, gracias a su propia ciencia, pese a todas las reformas intelectuales y sociales que su luminosa iniciativa llevó a cabo.

Más de tres mil años después de Ram, y a partir del cisma de Irshou, el centro universitario de la Sinarquí­a del Cordero y del Camero sufrió un primer traslado, que no me conviene aclarar más.

Finalmente, casi catorce siglos después de Irshou, poco tiempo después de í‡akya Mouni, se decidió otro cambio de lugar.

Baste saber a mis lectores que, en algunas regiones del Himalaya, entre veintidós templos que representan los veintidós Arcanos de Hermes y las veintidós letras de ciertos alfabetos sagrados, el Agarttha forma el Zero mí­stico, el que no puede ser encontrado.

El Zero, es decir Todo o Nada, todo mediante la Unidad armónica, nada sin ella, todo mediante la Sinarquí­a, nada mediante la Anarquí­a.

El territorio sagrado del Agarttha es independiente, organizado sinárquicamente y compuesto por una población que se eleva a una cifra de casi veinte millones de almas.

La constitución de la Familia, con la igualdad de sexos en el hogar, la organización de la Comuna, del Cantón y de las circunscripciones que van desde la Provincia al Gobierno central, conservan aún en toda su pureza la huella del genio celta de Ram injertado en la divina sabidurí­a de las instituciones de Manou.

No entraré aquí­ en detalles que aparecen abundantemente expuestos en otros lugares.

En todas las Sociedades humanas, la estadí­stica de los crí­menes, la miseria y la prostitución, constituye la prueba de sus vicios orgánicos.

En el Agarttha no se conoce ninguno de nuestros horribles sistemas judiciales ni penitenciarios: no existen prisiones.

La pena de muerte no se aplica. La policí­a está constituida por los padres de familia.

Los delitos se encomiendan a los iniciados, a los pundits de servicio.

Su arbitraje de paz, espontáneamente solicitado por las mismas partes en litigio, evita en casi la totalidad de los casos recurrir a las diferentes cortes de Justicia, pues la reparación voluntaria sigue inmediatamente a todo perjuicio.

Creo innecesario decir que todas las vergí¼enza y todas las plagas sociales de las civilizaciones no sinárquicas, miseria de las masas, prostitución, alcoholismo, individualismo feroz en las clases altas, espí­ritu subversivo en las bajas, e incurias de todo tipo, son desconocidas en esta antigua Sinarquí­a.

Los rajahs independientes, encargados de las diferentes circunscripciones del suelo sagrado, son iniciados de alto grado.

Estos reyes presiden la Corte suprema de Justicia, y su arbitraje situado por encima de las repúblicas cantonales, conserva aún el carácter magistral que tanto he analizado en La Misión de los Judí­os.

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En torno al territorio sagrado y su población ya tan considerable, se extiende una confederación sinárquica de pueblos, cuyo total se eleva a más de cuarenta millones de almas.

Los conquistadores europeos que reclamaran por la fuerza lo que sólo una leal alianza podrí­a otorgarles, se enfrentarí­an en un primer lugar con este escudo.

y si consiguieran romper esta muralla viva, se hallarí­an frente a frente, como ya he dicho, con trágicas sorpresas, mucho más colosales que las del Templo de Delfos, y con soldados que reviven una y otra vez, ligados entre ellos como los de las Termópilas, seguros como ellos de volver desde el seno mismo de lo Invisible, después de morir, a combatir de nuevo a los profanadores.

Las castas, tal y como las critican justamente los europeos, son desconocidas en el Agarttha.

El hijo del último de los parias hindúes puede ser admitido en la Universidad sagrada, y, según sus méritos salir de ella o permanecer en cualquier grado de la jerarquí­a.

La presentación se hace del modo siguiente.

En el momento ¿el nacimiento, la madre promete por voto a su hijo: es el Nazareno de todos los templos del Ciclo del Cordero.

En diferentes épocas sucesivas, se consulta directamente a la Providencia en los Templos, y cuando suena la edad de admisión, el chico o chica, teniendo el rajah iniciado de la providencia como padrino, entra en la Universidad sagrada, y todo ello absolutamente gratis.

El resto depende de sus propios méritos. Vemos ahora la organización central del Agarttha, empezando por abajo y terminando por arriba, o yendo de la circunferencia al centro.

Millones de Dwijas, nacidos dos veces, de Yoghis, unidos en Dios, forman el gran cí­rculo o mejor el hemiciclo en el que vamos a penetrar.

Ocupan para vivir ciudades enteras: son los suburbios del Agarttha, divididos simétricamente y repartidos en construcciones casi siempre subterráneas.

Encima de ellos y andando hacia el centro, tenemos a cinco mil pundí­ts, pandavan, sabios, de éstos, unos sirven en la enseñanza propiamente dicha, los demás en la plaza como soldados de la policí­a interna, o de la de las cien puertas.

Su número, cinco mil, corresponde al de las raí­ces herméticas de la lengua védica.

Cada raí­z a su vez es el hierograma mágico, ligado a una Potencia celeste, con la sanción (aprobación) de una Potencia infernal.

El Agarttha entero es una imagen fiel del Verbo eterno a través de toda la Creación.

Después de los pundits, vienen, repartidos en hemiciclos, cada vez más pequeños, las circunscripciones solares de las trescientas sesenta y cinco Bagwandas, cardinales.

El cí­rculo más elevado y más cercano al centro misterioso se compone de doce miembros.

Estos últimos representan la Iniciación suprema, y corresponden, entre otras cosas, a la Zona Zodiacal.

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En la celebración de sus Misterios mágicos, llevan los jeroglí­ficos de los signos del Zodí­aco, al igual que ciertas letras hieráticas, que aparecen en toda la ornamentación de los templos y de los objetos sagrados.

Cada uno de estos bagwandas o gurús supremos, gura, maestro, lleva siete nombres, hierograma o mentrams de los siete Poderes celestes, terrestres e infernales.

Sólo revelaré aquí­ uno de los objetos de toda esta eficacia.

Las bibliotecas que encierran el verdadero cuerpo de todas las artes y de todas las ciencias antiguas desde hace quinientos cincuenta y seis siglos, son inaccesibles a toda mirada profana y a todo atentado. Sólo se encuentran en las entrañas de la tierra.

Las que se refieren al Ciclo de Ram, ocupan parte del subsuelo del antiguo Imperio del Carnero y sus colonias.

Las bibliotecas de los Ciclos anteriores se encuentran incluso bajo los mares que han recubierto el antiguo Continente austral, y las construcciones subterráneas de la antigua América antediluviana.

Lo que voy a contar aquí­ y más adelante parecerá un cuento de Las Mil y una noche, y, sin embargo, nada hay más real.

Los verdaderos archivos universitarios de la Paradesa ocupan miles de kilómetros.

Desde ciclos de siglos, cada año, tan sólo algunos de los iniciados de alto grado y que sólo poseen el secreto de algunas de las regiones, saben el auténtico objetivo de ciertos trabajos, y están obligados a pasar tres años grabando en tablillas de piedra, con caracteres desconocidos, todos los hechos que interesan a las cuatro jerarquí­as de las ciencias que constituyen el cuerpo total del Conocimiento.

Cada uno de estos sabios realiza su trabajo en la soledad, lejos de toda luz invisible, bajo las ciudades, bajo los desiertos, bajo las llanuras y las montañas.

Que el lector intente imaginar un colosal tablero de ajedrez extendiéndose bajo tierra a casi todas las regiones del Planeta.

En cada una de las casillas se encuentran los acontecimientos importantes de los años terrestres de la Humanidad, en algunas casillas las enciclopedias seculares y milenarias, en otras por fin, las de los Yougs menores y mayores.

El dí­a en que Europa sustituya la anarquí­a de su Gobierno general por la Sinarquí­a trinitaria, todas estas maravillas y muchas más serán accesibles de modo espontáneo a los representantes de su primera Cámara anfictiónica: la de la Enseñanza.

Pero hasta ese momento, ¡pobre de los curiosos, de los imprudentes que intenten rebuscar bajo tierra!

Sólo encontrarí­an una decepción segura y una muerte inevitable.

Tan sólo el Soberano Pontí­fice del Agarttha, con sus principales asesores, de los que hablaré, reúne completo en su total conocimiento, en su suprema iniciación, el catálogo sagrado de esta biblioteca planetaria.

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Tan sólo él, posee en su integridad la llave cí­clica indispensable no sólo para abrir cada una de las secciones, sino también para saber con exactitud lo que cada una contiene, pasar de una a otra, y sobre todo salir de ellas.

¡De qué servirí­a al profanador haber conseguido forzar una de las casillas subterráneas de este cerebro, de esta memoria integral de la Humanidad!

Con su espantoso peso, la puerta de piedra sin cerraduras, que cierra cada una de las casillas, caerí­a sobre él para no abrirse nunca más.

En vano, antes de conocer su terrible destino, se encontrarí­a ante las páginas minerales que componen el libro cósmico, no podrí­a deletrear una sola palabra, ni descifrar el más mí­nimo arcano, antes de darse cuenta de que estaba encerrado para siempre en una tumba de la que sus gritos no podrí­an ser escuchados por ningún ser visible.

Cada cardinal o bagwandas, posee, entre las Potencias que de las que recibe sus siete nombres hieráticos, el secreto de siete regiones celestes, terrestres e infernales, y tiene el poder de entrar y salir a través de las siete circunscripciones de este espantoso memorial del Espí­ritu humano.

¡Ah! ¡Qué colosal renacimiento experimentarí­an nuestras Religiones y nuestras Universidades, si la Anarquí­a no presidiera las relaciones de los pueblos sobre la tierra!

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Con toda seguridad, nuestros sacerdotes, y nuestros admirables sabios, miembros ya de la universal Alianza de los tiempos antiguos, realizarí­an su peregrinación a ífrica, a Asia, o a cualquier lugar del mundo donde se hallen los restos de una civilización desaparecida.

Y la tierra no sólo les entregarí­a todos sus secretos, sino que además tendrí­an completa comprensión de ellos, tendrí­an la clave doria, y volverí­an a las distintas Facultades de nuestra enseñanza, trayendo consigo en lugar de cenizas muertas, mares de luz viva.

Y entonces, no se profanarí­a ya el pasado, ni se arrebatarí­an a los sepulcros restos mutilados, y por ello inexplicables, para llenar nuestros museos.

La Antigí¼edad se reconstruirí­a piadosamente allí­ donde se encuentra, en Egipto, en Etiopí­a, en Caldea, en Sirí­a, en Armenia, en Persia, en la Tracia, en el Cáucaso y hasta en las mesetas de la Alta Tartaria, allí­ precisamente, donde Swedemborg vio a través del suelo, los libros perdidos de las guerras de Jehovah y de las generaciones de Adam.

¡Y, acompañados por himnos y precedidos por los Pontí­fices, llevarí­amos a los laureados de nuestros estudios superiores, ante los hitos sagrados de la raza humana!

¡Ah! ¡Ojalá, que en lugar de ser la sierva de la Anarquí­a gubernamental, la esclava de la Fuerza, el instrumento de la ignorancia, de la iniquidad y de la ruina públicas de todas nuestras patrias europeas, la Ciencia, llevando de nuevo la tiara sobre la cabeza y el báculo en la mano, subiera de nuevo a sus antiguas cimas luminosas!

Si, presidiendo de nuevo las relaciones entre los pueblos, realizara por fin lo que los profetas de todas las Religiones le han profetizado, ¡qué divino concierto reunirí­a de nuevo los miembros ensangrentados de la Humanidad!

í‰sta no serí­a ya un Cristo en la Cruz cubriendo toda la Tierra, sino un Cristo Glorioso reflejando todos los rayos sagrados de la Divinidad, todas las artes, todas las ciencias, todos los esplendores y todos los favores de este Espí­ritu divino que iluminó el pasado, y que a través de dolorosas gestiones, tiende de nuevo a iluminar el futuro.

La economí­a pública, libre del peso espantoso del armamento y los impuestos, tocarí­a con su varita mágica todo lo existente.

Verí­amos entonces renacer el Egipto antiguo, con sus Misterios purificados, Grecia en el esplendor transfigurado de sus tiempos órficos, la nueva Judea, más bella aún que la de David y Salomón, la Caldea de antes de Nemrod.

Entonces, todo, de la cumbre a la base de la organización humana, se renovarí­a; todo se iluminarí­a y se conocerí­a, desde el fondo de los Cielos hasta el horno inmenso del centro de la Tierra.

Y no existe mal intelectual, moral o fí­sico, al que la unión de las Facultades enseñantes, y la unión positiva del Hombre con la Divinidad, no pudiesen aportar remedio seguro.

Las ví­as santas de la Generación serí­an de nuevo descubiertas, las de la Vida santificada, las del Tránsito iluminadas por inefables consuelos, adorables certezas; y la Humanidad entera realizarí­a la palabra del Profeta deslumbrado por los Misterios de la otra Vida: ¡Oh muerte!, ¿dónde está tu aguijón?

Avanzamos hacia esos tiempos sinárquicos a través de las últimas agoní­as sangrientas de la Anarquí­a del Gobierno general inaugurada en Babilonia.

Por esta razón escribo este libro, y voy a introducir al lector más lejos aún en el centro de la antigua Paradesa.

Después de los cí­rculos alternativamente abiertos o cerrados de los trescientos sesenta y cinco Bagwandas, están los de los veintidós, o mejor veintiún Archis negros y blancos.

Su diferencia con los iniciados de más alta graduación es puramente oficial y ceremonial.

Los Bagwandas pueden, a su antojo, residir o no en el Agarttha; los Archis permanecen allí­ para siempre, como parte integrante de sus cimas jerárquicas.

Sus funciones son muy extensas, y reciben los nombres cabalí­sticos de Chrinarshis, Swadharshis, Dwijarshi, Yogarshi, Maharshi, Rajarshi, Dhamarshi, y, por fin, Praharshi.

Estos nombres indican con claridad todas sus atribuciones, ya sean administrativas o espirituales, en la Universidad sagrada y en cualquier lugar donde ejerzan su influencia.

En lo referente a las ciencias y las artes, forman con los doce Bagwandas zodiacales el punto culminante de la Maestrí­a universitaria y de la gran Alianza en Dios con todas las Potencias cósmicas.

Por encima de ellos sólo encontramos el triángulo formado por el Soberano Pontí­fice, el Brahatmah, apoyo de las almas en el Espí­ritu de Dios, y sus dos asesores, el MaQatma, representante del Alma universal, y el Mahanga, sí­mbolo de toda la organización material del Cosmos.

En la cripta subterránea donde se encuentra el cuerpo del último Pontí­fice que espera durante toda la vida de su sucesor, su incineración sagrada, se encuentra el Archis que forma el cero de los Arcanos representados por los veintiún colegios.

Su nombre, Marshi, significa El Prí­ncipe de la Muerte, y expresa que no pertenece al mundo de los vivos.

Todos estos diferentes cí­rculos de grados corresponden a otras tantas partes circunferenciales o centrales de la Ciudad santa, y son invisibles para los que están en la superficie de la tierra.

Miles y millones de estudiantes no han penetrado nunca más allá de los cí­rculos suburbanos; pocos logran pasar los grados de la formidable escala de Jacob, que a través de pruebas y exámenes iniciáticos, conducen a la cúpula central.

Esta obra de una magní­fica arquitectura como todo el Agarttha, recibe la luz desde arriba gracias a unos registros catóptricos que sólo permiten el paso de la luz a través de toda la gama enarmónica de los colores, de los que el espectro solar de nuestros tratados de fí­sica, constituye sólo la escala diatónica.

Es aquí­ donde la jerarquí­a central de los Cardenales y de los Archis, colocada en hemiciclo ante el Soberano Pontí­fice, aparece irisada, como una imagen de otro Mundo, conjugando las formas y las apariencias corpóreas de los dos Mundos, y ahogando bajo sus rayos celestes cualquier distinción visible de raza, en un solo cromatismo de luz ,y sonido, que se distancia singularmente de las nociones usuales de perspectiva y acústica.

Y en las horas solemnes de la oración, durante la celebración de los Misterios cósmicos, pese a que los hierogramas sagrados son murmurados con voz tenue bajo la inmensa cúpula subterránea, acontece en la superficie de la Tierra y en los cielos un extraño fenómeno acústico.

Los viajeros y las caravanas que vagan a lo lejos, bajo la luz del solo la claridad de las estrellas, se detienen, y hombres y animales escuchan con ansiedad.

Tienen la sensación de que la propia Tierra abre los labios para cantar, y una inmensa armoní­a sin causa visible, flota efectivamente en el Espacio.

Se expande en espirales crecientes, conmueve suavemente con sus ondas la Atmósfera, y sube para desaparecer en los Cielos, como si fuera en pos de lo Inefable.

En la noche sólo se distingue, a lo lejos, el titilar de la Luna y las Estrellas que velan el sueño de valles y montañas, y durante el dí­a el resplandor del Sol sobre los más bellos parajes de la Tierra. írabes o Parsis, Budistas o Brahmanistas, Judí­os Karai’tas o Subbas, Afganos, Tártaros o Chinos, todos los viajeros se ensimisman con respeto, escuchan en silencio, y murmuran sus oraciones unidos en el Alma universal.

í‰sta es, desde su base a su cima, la forma jerárquica de la Paradesa, verdadera pirámide de luz, recubierta por el lazo de un impenetrable secreto.

En su punto culminante, el lector habrá podido ya leer los sí­mbolos de la Sinarquí­a en el triángulo sagrado formado por el Brahatmah y sus dos asesores, el Mahatma y el Mahanga.

La Autoridad reside en el Espí­ritu divino, el Poder en la Razón jurí­dica del Alma universal, la Economí­a en la Organización fí­sica del Cosmos: ésta es la confirmación que la Ley trinitaria de la Historia encuentra en la cabeza misma del organismo ramideo y manávico.

La instrucción que recibe el adepto, en cuanto es admitido por la Voluntad divina que ilumina la Sabidurí­a humana, es aún hoy, la misma que la impartida en los tiempos de Ram y de Menés.

Pues, una vez que se conoce la Verdad sintética, el progreso de los individuos consiste en elevarse hasta ella, para conservada y procreada incesantemente en los espí­ritus y en las almas.

Ya sea Moisés u Orfeo, Solon o Pitágoras, Fo-hi o Zoroastro, Chrishna o Daniel, todo impetrante, todo estudiante, ha tenido que empezar por el último escalón, para elevarse finalmente hasta el primero.

Newton o Lavoisier, Humboldt o Arago, hubieran debido, o bien alejarse, o bien empezar desde el A B C, sí­ el A B C.

Toda la Ciencia reside en efecto en el Verbo sagrado, desde la más í­nfima del Orden fí­sico a la más sublime del Orden divino.

Todo habla y todo significa, todo lleva su propio nombre escrito visiblemente en su forma, sí­mbolo de su naturaleza, desde un insecto hasta el Sol, desde el fuego subterráneo que sustrae la materia, hasta el Fuego celeste que reabsorbe en él toda esencia.

Lo que aquí­ digo, debe ser entendido en su letra como en su espí­ritu.

Existe una Lengua universal de la que el lector hallará un resumen bastante preciso en La Misión de los Judí­os, y esta lengua no es a su vez más que el Verbo de los ciclos primitivos de que habla San Juan: En el Principio era la Palabra (La Potencia de la Manifestación creadora); y la Palabra era en í‰l los Dioses; y í‰l los Dioses era la Palabra.

¡Oh! ¡qué lejos estamos de esta sabia lengua, tan sencilla en sus principios, tan segura en sus infinitas aplicaciones!

Abran cualquiera de nuestros tratados de fí­sica o de quí­mica. Vean los nombres horriblemente bárbaros, los signos vací­os de sentido intrí­nseco que componen su nomenclatura y expresan sus equivalencias y sus leyes.

En las lenguas antiguas, los mismos objetos eran descritos conforme a su naturaleza por sí­mbolos verbales absolutos que evocaban el carácter real de los seres, de las cosas, de su formación y de su descomposición.

De modo que, devuelto a sus raí­ces en el Verbo viviente, la matesis y la morfologí­a de la palabra doria eran un acto divino que sometí­a, como dice Moisés, toda la Naturaleza a la Inteligencia y a la Ciencia Humanas.

En sus células subterráneas, el pueblo de los Dwijas se dedica al estudio de todas las lenguas sagradas, y corona los trabajos de la filosofí­a más sorprendente con los maravillosos descubrimientos de la Lengua universal de la que acabo de hablar.

Esta lengua es el Vattan. ¡Que las testas de blancos cabellos entre las frentes jóvenes se inclinen sobre estos misteriosos caracteres!

Cada uno de estos alveolos de piedra, ha sido desde la más remota antigí¼edad alumbrado mediante gas oxí­drico, que purifica el aire en lugar de viciarlo como nuestro hidrógeno de carbono.

¡Cuántos millones de Sabios han salido radiantes de estas tumbas de granito!

Desde los hijos de los Pontí­fices o de los reyes, hasta los hijos de los humildes parias.

¡Qué gran selección de almas luminosas se ha elaborado en estos panteones!

Todos, pese a ser estrechos, están sabiamente ventilados.

En esta soledad el a1umno se siente ya invadido por lo invisible. Poco a poco, visiones santas iluminan su sueño y sus ojos abiertos, recompensan sus esfuerzos en pos de la Ciencia y de la Virtud, o flagelan la indolencia de su espí­ritu y de su corazón.

Un catre parecido al de nuestros oficiales de marina sirve de lecho a los Dwija.

Cada noche, él mismo, llena de aire su colchón y su almohada.

Una mesa y una silla constituyen todo el mobiliario, en las paredes tan sólo unas misteriosas sentencias: todo está calculado para que ninguna distracción exterior venga a distraer la concentración interior del alma.

Cuando el estudio de las lenguas sagradas les ha revelado la Constitución í­ntima del Espí­ritu divino en el Alma universal, empieza su verificación a través de las cuatro jerarquí­as de las ciencias que he expuesto detalladamente en La Misión de los Judí­os.

Una vez superados con éxito los exámenes, el Dwija entra paulatinamente en los cí­rculos de! Años que los transformarán en un Yoghi.

Primero se abren ante él todos los grados de las ciencias naturales, tal y como eran enseñadas en las ciudades subterráneas de Egipto antes de la invasión de Hiksos.

No repetiré aquí­ lo que ya he dicho en otro lugar sobre el tema: todo lo que se enseña en nuestros estudios secundarios y superiores, y todo lo que queda por descubrir sobre la naturaleza fí­sica, es impartido aquí­ por maestros que como Sacerdotes de la Enseñanza, no tienen rival en toda la Tierra.

La Constitución fisiológica del Planeta y del cosmos se conoce hasta en sus más mí­nimos detalles, ya sean materiales o esenciales, visibles o invisibles.

Todo ha sido estudiado a fondo en las entrañas í­gneas del Globo, los cursos subterráneos de gas y de agua dulce, las salinas, e incluso los seres que pueblan esas llamas, esos gases o esas aguas.

Todo ha sido estudiado a fondo en la superficie y las profundidades del mar, incluso el papel de ¡las corrientes magnéticas que se interferencian de un polo al otro en longitud, y de un trópico al otro en latitud.

Todo ha sido estudiado a fondo en el aire, todo, las esencias invisibles que lo habitan, e incluso la electricidad que en él se desarrolla, en forma de eco, después de haberse formado en las entrañas de la tierra para luego volver a ella.

Flotillas aéreas de dirigibles han llevado las observaciones hasta un grado aún inalcanzable para nuestros métodos actuales.

Todo ha sido revelado, las armoní­as universales que producen las estaciones terrestres, las migraciones ascendentes de las almas a través del, Polo norte, ese oculto Monte Mérou: y ese indescifrable Alborj de los libros védicos y pehlevis.

Caminos eléctricos, no de hierro, sino de cristal templado y maleable, han surcado el antiguo Imperio del Carnero, sin cometer la imprudencia de empobrecer las reservas carbonadas del Planeta, como ocurre hoy, ni sobrecargarlo con una armazón de hierro que aparte de indicar falta de previsión, resulta propicia a la propagación de ciertas plagas cósmicas.

Estas ciencias, estas artes, y muchas más, siguen siendo enseñadas, comprobadas y practicadas en los talleres, en los laboratorios y en los observatorios del Agarttha.

La quí­mica y la fí­sica han llegado a tal grado de desarrollo, que nadie lo admitirí­a si yo lo expusiera aquí­.

Sólo conocemos las fuerzas del Planeta, ¡y poco!

Pero además de todo esto, las Potencias de atracción del Cielo, han sido santamente observadas, y se siguen experimentando continuamente.

¡Qué inmensos trabajos, incluso en lo infinitamente pequeño!

No hay un solo insecto, planta, mineral, o incluso gota de rocí­o, cuyas propiedades dinámicas no hayan sido catalogadas, u objeto de un sinfí­n increí­ble de observaciones o experimentos.

¡Y cuántas obras gigantescas en el mundo de lo infinitamente grande, no sólo en la fí­sica del Cielo que nosotros no poseemos, sino también en la fisiologí­a y la sociologí­a del Universo entero!

Pero el telescopio no era suficiente: millares de almas, movidas por una Fe invencible, iluminadas por certezas absolutas, han ascendido siglo tras siglo hasta la actualidad, a los Cielos, de Astro en Astro, de Esfera en Esfera, hasta llegar ante el Velo radiante fuente de todo Espí­ritu y de toda Vida.

Han recorrido en todos los sentidos la Ciudad celeste de la que hablan todas las Religiones.

Y mientras tanto, en las criptas sagradas, el Consejo supremo de los Magos sigue, espí­a los más mí­nimos signos que salen de los labios de esos intrépidos investigadores, tiesos y frí­os como cadáveres.

Sí­, la Naturaleza celeste ha entregado y entrega aún, allí­, sus santos Misterios.

En cuanto a las fuerzas de atracción del Cielo, su acción sobre nuestras fuerzas puramente fí­sicas ha sido y es aún constantemente experimentada.

Los Magos del Agarttha no pueden abordar entre ellos ciertos temas de estudio de una parte de sus Misterios cientí­ficos, sin elevarse de tierra, tal y como lo presenció Apolonio de Thyana.

Y aquellos sobre quienes, por su Fe, la fuerza de atracción de los Cielos actúan con más potencia, se estrellarí­an el cráneo sobre la bóveda de la Cúpula, si sus colegas no los retuvieran.

De modo que en el Universo, no sólo entra en juego la fuerza de grave dad que encadena los cuerpos al centro de la Tierra.

Y no sólo se han hecho multitud de experimentos sobre los vivos.

A los muertos se les han inyectado substancias que ejercen una acción de interferencia, de lazo de unión entre ellos y la Esencia cósmica de su alma ascendida ya a los Cielos.

La atracción de estas almas ha hecho elevarse a los cadáveres, ante los ojos de los Sabios, a alturas vertiginosas durante la noche, dejándolos bajar sólo durante el dí­a.

Y, lo que ha sido hecho, volverá a repetirse ante nuestros sabios y ante nuestros sacerdotes, cuando se cumpla el entendimiento sinárquico.

¿Por qué no antes? Porque el Agarttha no abrirá sus puertas sin garantí­as, y porque en Europa, en Francia incluso, para que una Universidad sagrada de este género pueda ser fundada y llevar a cabo sus experimentos sin control ni intromisiones, se necesita toda una legislación.

Todos los Yoghis y todos los Mounis saben, en efecto, que se juegan la vida, cuando abordan estas ciencias y estas artes.

Y, si aquí­ se proclama la imposibilidad de tales conocimientos, responderé que nuestros experimentos occidentales llegan casi a su realidad positiva.

Su empirismo roza ya las fronteras de la verdadera Magia; alcanza ya el punto lí­mite entre la fisiologí­a y la psicúrgica; está ya casi en la intersección de los hechos que interesan a la vez a las ciencias naturales y a las ciencias humanas, y de los que pertenecen a los conocimientos cósmicos y divinos.

Los lectores europeos que, de cerca o de lejos, hayan seguido los trabajos de un Charcot, de un Voisin, de un Demarquay, de un Giraud-Teulon, de un Liégeois, y muchos más investigadores actuales, se sorprenderán menos de lo que he dicho y de lo que diré sobre las ciencias y las experiencias mágicas del Agarttha, que los demás.

Pero los sabios de esta santa Metrópolis universitaria, considerarí­an que los nuestros hacen magia negra, cuando actúan sobre el inconsciente vivo mediante cualquier ví­a de sugestión que no sea la de la Divinidad y sus Agentes.

Los medios que, entre las manos de nuestros doctores, producen la hipnosis, son efectivamente artificiales, como esta última; y no son más propicios a la salud fí­sica y psicológica de los pacientes, que a su santidad.

La disposición ideo-psí­quica del agente y del paciente de estas experiencias podrí­a ser objeto de un largo desarrollo que nos llevarí­a con toda seguridad a la luminosa serie de constataciones de la Magia agartthiana.

Sé que el móvil real de nuestros operadores, es una curiosidad, no menos cientí­fica que legí­tima.

Pero ello no es suficiente ni para que lo divino Invisible acceda a mostrar sus Potencias, ni para que el alma pueda experimentarlas, y en Unión con Ellas, liberar el secreto de sus facultades dinámicas.

En cuanto a los sujetos que se someten a estas experiencias, su ignorancia, su estado enfermizo, su trastorno mental, la falta de información de lo que con ellos se hace o se va a hacer, su turbación nervio psí­quico, tan sólo presentan condiciones patológicas, incompatibles con las maravillosas manifestaciones que desde la antigí¼edad, han demostrado a los sabios de los Sanctuarios, tanto la existencia del alma, como la existencia de la Divinidad.

Sea como sea, las experiencias occidentales, rozan empí­ricamente, incluso la Potencia del Verbo, y las correlaciones de colores y de vocales madres, sensibles a los pacientes hipnotizados por el Sr. Liégeois, tocan de muy cerca los más grandes Misterios.

He dicho más arriba que las entrañas de la Tierra habí­an sido visitadas, y observados allí­ mismo los trabajos infernales de sus habitantes.

Lo que ha sido sigue siendo, y esto es lo que cuentan los iniciados de una graduación a los de otra: «Cada año, en una época cósmica determinada, bajo la dirección del Maharshi, del gran Prí­ncipe del Sagrado Colegio Mágico, los laureados de las altas secciones, bajan aún para visitar una de las metrópolis de Plutón.»

«Primero deben introducirse a través del suelo por una cavidad que apenas permite el paso del cuerpo.»

«El Yoghi detiene su respiración, y con las manos sobre su cabeza, se deja caer, y tiene la sensación de que transcurre un siglo.»

«Caen por fin, uno tras otro en una interminable galerí­a cuesta abajo, en la que empieza su auténtico viaje.»

«A medida que se va descendiendo, el aire ,se hace más y más irrespirable, y bajo la tenue luz de allí­ abajo, se ve cómo la fuerza de los iniciados se va graduando a lo largo de las inmensas bóvedas inclinadas, en cuyo fondo, pronto van a observar los infiernos.»

«La mayorí­a de ellos, se ven obligados a detenerse en el camino, sofocados y agotados pese a las provisiones de aire respirable, alimentos y substancias calorí­ficas que llevan consigo.»

«Sólo continúan aquellos a quienes la práctica de las artes y de las ciencias secretas han permitido respirar lo mí­nimo posible con los pulmones, y sacar del aire, en cualquier sitio, y con otros órganos, los elementos divinos y vitales que, tiene en todas partes.»

«Por fin, después de un viaje muy largo, los que han perseverado, ven arder a lo lejos algo, semejante a un inmenso incendio sub-planetario.»

«El Prí­ncipe iniciático, se vuelve hacia ellos y, levantando la mano con el í­ndice y el pulgar unidos, sólo habla mediante signos, en la Lengua universal que he mencionado;!»

«¿Qué dice?» Helo aquí­: «¡Silencio!: ¡hemos llegado! Que ninguno de vosotros hable, que ninguno de vosotros toque el agua o los frutos subterráneos del pueblo que vais a ver; y cuando yo cruce el Océano de fuego, colocad vuestros pies exactamente sobre mis huellas.»

«En la misma lengua, el Prí­ncipe iniciático se dirige, haciéndoles frente, a unos seres que aún no se distinguen.»

«Gracias a estos hierogramas sagrados, sí­mbolos de la Unión de los pueblos celestes con nuestra terrestre Humanidad, sí­mbolos del derecho de mando que el Espí­ritu divino que anima a esta última tiene sobre todo lo que está aquí­ abajo en nombre de lo que está arriba, el Prí­ncipe de los Magos ordena, y los jefes del pueblo infernal obedecen.»

«La Metrópolis ciclópea se abre, iluminada desde abajo por un Océano fluí­dico, rojo, lejano reflejo del Fuego central, retraí­do en sí­ mismo, durante esta época del año.»

Se desarrollan hasta el infinito los más extraños órdenes de arquitectura, donde todos los minerales entremezclados realizan lo que la fantasí­a y la quimera de los artistas góticos, corintios, jonios y dorios, nunca habrí­an osado soñar.»

«Y por todas partes, furioso de ser penetrado por los hombres, un pueblo con forma humana, de cuerpo í­gneo, se retira ante los iniciados que se acercan, y se echa a volar en todos los sentidos, para agarrarse por fin con sus uñas en las murallas plutonianas de su ciudad.»

«Con el Maharshi a la cabeza, la teorí­a sagrada sigue un estrecho camino de basalto y de lava solidificada.»

«A lo lejos se oye un ruido sordo que parece llegar hasta el infinito, parecido al estruendo de las olas de una marea equinoccial.»

«Mientras tanto, a la vez que andan, los Yoghis observan y estudian estos extraños pueblos, sus costumbres, su espantosa actividad, su utilidad para nosotros.»

«Mediante los trabajos que ellos realizan, por orden de las Potencias cósmicas, el subsuelo nos ofrece rí­os subterráneos de metaloides y de metales, los volcanes protegen nuestro planeta de las explosiones y cataclismos, y se regula el régimen de nuestros rí­os en valles y montañas.»

«Son también ellos quienes preparan los rayos de las tormentas, encauzan y regulan bajo tierra las corrientes cí­clicas de los fluidos interpolares e intertropicales, al igual que sus derivaciones interferenciales en las diferentes zonas de latitud y longitud de la Tierra.»
«Son ellos también quienes devoran todo germen vivo mientras se pudre para dar luego fruto.»

«Estos pueblos son los Autóctonos del Fuego central; son los mismos que visitó N. S. Jesucristo antes de subir al Sol, para que la Redención lo purificase todo, incluso los instintos í­gneos de los que se eleva aquí­ abajo la jerarquí­a visible de los seres y de las cosas.»

«Pues todo es vida y todo es Armoní­a en el Espí­ritu de Dios, desde la cima de los Cielos hasta el centro mismo de la Tierra.»

Aquí­, el lector europeo, tirando mi libro, gritará: -¿ Usted cree todo esto? -Sí­, Señor, he aquí­ por qué.

Lo que se me ha permitido conocer y apreciar directamente de los Misterios celestes me impide dudar de la realidad de los Misterios infernales, ni de la veracidad de ningún auténtico iniciado.

Por lo demás, el Agarttha no es en modo alguno el único Templo que se haya comunicado con las entrañas de la Tierra.

Los sacerdotes y sacerdotisas de toda la Céltica hací­an lo mismo, lo que valió a la Europa druí­dica el nombre de imperio de Plutón, o de reino de Amenti.

Según la tradición esotérica conservada en todos los Templos y todas las Religiones, no hay ningún elemento, es decir, ningún estado elemental, que no esté en acto, bajo el influjo de las Esencias espirituales.

Por ello, junto a San Atanasio, católico sinárquico de la Iglesia Universal, digo, juntando las manos: ¡Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem, Creatorem Coeli et Terrae, Visibilium omnium et lnvisibilium!

La doctrina esotérica de los Vedas afirma la existencia de ocho Elementos fí­sicos, cósmicos y divinos, y por consiguiente, ocho órdenes de Espí­ritus presiden la constitución orgánica de estos elementos: Bvoumir, Apo, Analo, Vayous, Hham, Mano, Bouddir, Ahankara.

La misma doctrina les añade cuatro Potencias cosmogónicas: Agnael, Yamael, Varael, Ouvael,En el texto de la Cosmogoní­a egipcia y agartthiana de Moisés, se designa a las mismas Potencias, bajo otros nombres.

¿Es posible la existencia de una relación consciente entre el Hombre y estas Potencias?
La Universidad agartthiana dice que sí­, aun en nuestros dí­as, y lo de muestra de modo experimental.

Capí­tulo II

Hablaré más tarde de los inmensos consuelos que el Agarttha guarda en reserva, y, que después de la Alianza sinárquica, comunicará a los sabios del Consejo supremo de la Enseñanza.

En ellos se hallarán todas las demostraciones experimentales posibles de la existencia del Alma, tanto durante la vida, como después del cese de la vida corporal.

Aquí­, sólo quiero indicar el punto alcanzado por los estudios sobre esta última.

Entre la asombrosa acumulación de experiencias que encierra el Agarttha, las que interesan a la Selección humana, han alcanzado un desarrollo increí­ble.

Trabajando en sus propios territorios independientes, los sabios del Ciclo del Carnero, se han atrevido a profundizar en todos los terrenos, ya se trate del misterio de las especies, o de los lí­mites inferiores o superiores de la organización fisiológica de la Humanidad.

Uno de sus antiguos seminarios de selección era-un grupo de siete islas hoy desaparecidas, y que se encontraban en lo que nuestros estudiosos del mar llaman la gran Corriente de Malabar.

«Los insulares, dice un antiguo viajero que vivió siete años entre ellos, son hombres muy diferentes de todos los demás, tanto en sus costumbres como en su organización.»
«Miden todos más de diez pies de alto, y tienen todos la misma estatura.»

«Sus huesos son elásticos, se doblan y vuelven a su forma anterior como si fueran tendones.»

«Y aunque puedan parecer débiles, su sistema muscular es infinitamente más fuerte que el nuestro.»

«Es imposible quitarles algo que tengan agarrado entre los dedos.»

«Tienen rostros muy bellos y admirables proporciones.»

«Más abiertas que las nuestras, sus orejas tienen una doble cavidad separada por una lengí¼eta mediana.»

«Su lengua presenta este aspecto extraño, y en parte artificial, gracias a una operación quirúrgica, es bí­fida desde la punta de la raí­z.»

«Esta conformación les permite, no sólo articular todos los sonidos de todas las lenguas del mundo, sino también imitar el canto y los gritos de todos los animales.»

«Y lo más maravilloso de todo: un hombre, gracias a estas dos lenguas, conversa con dos personas a la vez, respondiéndoles a cada una de ellas sobre asuntos diferentes, sin confundir las dos conversaciones.»

Esto, en el fondo, no es más extraño que lo que hacen nuestros pianistas y nuestros organistas con sus dos manos e incluso con sus dos pies.

«Tienen unas maravillosas fuentes de agua caliente para los baños de placer o de higiene.»

«No existe ciencia u arte que desconozcan; pero entre todas sienten predilección por el estudio de la astronomí­a sagrada.»

«En su escritura utilizan siete caracteres; pero cada uno de ellos tiene cuatro posiciones diferentes, lo que hace que el número de sus letras se eleve a veintiocho.»

«No escriben de izquierda a derecha como nosotros, sino en sentido vertical. »

«Viven muchos años; y el lí­mite medio de sus macrobites es de un siglo y medio.»

«Durante esta larga existencia, pocas veces enferman.»

«Cuando han alcanzado este término de longevidad, pasan voluntariamente de la vida al tránsito, tumbándose sobre un colchón hecho de ciertas hierbas particulares, que poco a poco les provocan un sueño delicioso, del que ya nunca despiertan.»

Convendrán ustedes, en que éste es un seminario de selección fisiológica que demuestra lo que todaví­a nos queda por descubrir, y lo que se puede hacer en este sentido.

Los sabios del Agarttha son capaces de volver a realizar todas estas maravillas en la actualidad.

Pero, en los seminarios de los que hablo, la selección no se limitaba sólo al hombre, como lo demuestran las lí­neas que siguen.

«Poseen una especie de animales bastante pequeños, pero con una forma y unas cualidades fí­sicas extraordinarias.»

«Su espalda, parecida a la de las tortugas, tiene una cruz amarilla, en forma de una X, de la que cada extremidad posee un ojo y una boca.»

«El animal posee pues cuatro ojos, que terminan en un solo cerebro, y cuatro bocas que alimentan un solo estómago.»

«Las entrañas y demás partes internas también son únicas.»

«Estos animales son polipodios, y su aparato locomotor, dotado de pies que se articulan alrededor de su cuerpo, les permite moverse en todas las direcciones que desee su voluntad.»

«Su sangre tiene la propiedad plasmática de juntar y cicatrizar inmediatamente las partes seccionadas de un cuerpo vivo, como la mano o el pie, cuando la herida es reciente.»

«He visto también gran cantidad de animales, cuyas formas nos son desconocidas, y que nuestra imaginación nunca hubiera osado soñar.»

«Estas islas están repletas de serpientes gigantescas pero absolutamente inofensivas, cuya carne es suculenta.»

«Aunque el régimen alimentario de estas tribus, esté sabiamente regulado, todos no comen lo mismo: pues según los dí­as que les son asignados, unos deben comer pescado, otros ave, otros aceitunas y demás vegetales, y otros por fin, fruta cruda.»

He citado a propósito, en lo que procede, el resumen que Diodoro da, del periplo de lambulo.

Este viajero, permaneció siete años en el seminario, del que habla pues con perfecto conocimiento.

Su relato demuestra que, incluso fuera de los templos, la antigua Ciencia de los Agartthianos no era desconocida.

Todos los caracteres distintivos de los que habla, no ofrecen ninguna duda sobre su origen.

Por lo demás, incluso hoy, se prosiguen empí­ricamente las mismas prácticas, en ciertos desiertos de la India, pero ya sobre los descendientes semisalvajes de antiguos sujetos de experiencias fisiológicas.

En cuanto a la ciencia y el arte de la selección, se conservan admirablemente en las bibliotecas de piedra, y son objeto de estudio constante, a1 igual que las cuatro jerarquí­as del Conocimiento.

En este recinto sagrado, ninguna tradición, ninguna verdad, que no haya sido antes comprobada por ví­a de experimentación, se expone de un modo dogmático a los Dwijas.

Aparte de lo que acabamos de ver, experiencias de todo tipo enseñan al alma a conocerse a sí­ misma, y a fortalecerse en toda la extensión de su substancia y de su divino Reino, mediante la Ciencia que lleva a la Sabidurí­a, mediante la Voluntad que proporciona la Virtud, y mediante la Oración y la Unión í­ntima con Dios y todas sus Potencias que abren a quien les parece bien, las puertas sucesivas de los Cielos y de sus Misterios angélicos.

El inefable Agente, el Elemento sagrado que sirve de Carro al Eterno y a sus divinas Facultades, se llama í‰ter en todas nuestras lenguas, y Akasa en sánscrito.

Remito aquí­ al lector, a todo lo que he dicho sobre esto en La Misión de los Judí­os.

El í‰ter es un elemento vivo, capaz de emborrachar, pero de un modo indescriptible.

Provoca una santa y espiritual embriaguez, que la inteligencia puede controlar lo suficiente para conservar la razón y la consciencia individual, y mantener el cuerpo, esfuerzo que resulta muy difí­cil estando despierto.

Es entonces cuando lo Invisible se hace visible para los ojos.

Aquí­ se me dirá: «¿Cómo conseguido?» ¡Venga, hable! ¿Con qué me dios psí­quicos o fisiológicos se logra alcanzar este estado inapreciable?»

¡Sálveme Dios de contestar! Pues este tema sólo podrá ser abordado en las Iglesias y las
Universidades, una vez que éstas se hayan reconciliado.

Mientras tanto, pregunten a los Santos de nuestras Iglesias judeo cristianas, pregunten a nuestros curas, como, de un modo espontáneo, imbuidos de amor divino hasta la más total renuncia de sí­ mismos, algunos de ellos, sin arte, sin ciencia, sin guí­a visible, pero con Jesús como Hierofante oculto, han recibido la visita del Elemento sagrado, que los ha penetrado hasta la médula, llevándolos al éxtasis.

Pregunten también a nuestras Santas, desde Santa Teresa a Juana de Arco, la más clamorosa manifestación divina en toda la humanidad desde la venida del Salvador.

Todos y todas les responderán: Es la Fe, es la Caridad, es la Esperanza, es la Adoración llevada hasta la entrega total de sí­ mismo, hasta la disolución total del individuo en el sentimiento y en la sensación de la Universalidad humana, celeste y divina.

Y tendrán razón al contestar así­. Sólo añadiré una palabra.

El ascetismo puede conducir a esta Verdad, a esta Ví­a, a esta Vida de los bienaventurados, la espontaneidad psí­quica, cumple entonces las condiciones anteriores.

Sin embargo, en el Agarttha no se practica el ascetismo, que por lo demás, nunca podrí­a constituir una regla social.

Es algo que pertenece a la libertad individual, se reserva para cuando el Yoghi desea retirarse del mundo, y, en las grutas de la espesura del bosque, entregarse absolutamente a Dios convirtiéndose en un solitario o Mouni.

¡Ah! ¡Los Santos son Santos en todas partes, de cualquier forma y en cualquier religión, se ofrecen en holocausto al Espí­ritu viviente y al Cristo eterno, que todos veneran aunque cada uno lo invoque por un nombre diferente!

Ya sean nuestros piadosos ermitaños del pasado, o los de cualquier otra Confesión, los esenios o los terapeutas, los solitarios de la Thébalde o los de los desiertos del Himalaya, a todos los venero y a todos los reúno en mi fe de Cristiano sinárquico, y les ruego, a todos, que se dignen bendecir y proteger mis trabajos.

Y a aquellos iniciados que no quieren seguir la ví­a libre del monacato, en el sentido etimológico de esta palabra (monos, solo, en sánscrito mouni), el Agarttha les da, no obstante, la posibilidad y la práctica de la Unión divina, mas con un régimen dietético apropiado.

Por ello, desde el Dwija hasta el Bnlhtmah, desde el primero hasta el último de los iniciados, los pueblos de este Ciclo y de esta Comunión en Dios, se abstienen de la carne y de cualquier licor fermentado.

Estas condiciones, unidas a las que ordenan la Santidad y la ciencia, hacen que el cuerpo esté poco a poco en condiciones de permitir al Alma alcanzar en él su libertad celeste.

Tanto es así­, que a modo de ejemplo diré que la alta Iniciación abre para sus adeptos la totalidad del Cielo, no sólo durante la vigilia o el éxtasis absoluto, sino también durante el sueño de cada noche.

Pues el Epopte, no duerme ya tan sólo el simple sueño animal que comparten todos los seres fí­sicos de la Tierra.

En este misterio del sueño que, entre nosotros, tan sólo Boerhaave ha presentido levemente, el instinto vital llega a colmar el alma con ese éter de abajo que llamamos Magnetismo terrestre.

Los nombres de estos fluidos, bien conocidos por las antiguas iniciaciones órficas, se citan a lo largo de toda la Cosmogoní­a egipcia de Moisés.

El régimen alimenticio basado en la carne y las bebidas espirituosas, al acercar al hombre a las especies inferiores, sumerge aún más el alma durante el sueño en los fluidos a los que me he referido.

Si en estas condiciones, la fuerza psí­quica logra liberarse, es porque se alimenta de otros elementos menos burdos, bajo el influjo, durante la vigilia.

De los diferentes tipos de sentimientos y el idealismo que corresponden a Esferas más o menos elevadas de los Espacios celestes.

De ahí­, los sueños más o menos luminosos de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos y de los hombres, dependiendo además del grado de autonomí­a ideo-psí­quica y de la espiritualización alcanzada por cada cual.

La inteligencia es una apertura celeste por la que el Espí­ritu universal penetra, y es asimilado por nuestras almas, como la substancia terrestre lo es por nuestros cuerpos.

Cuanto mayor es esta asimilación, más se espiritualiza el alma, eliminando el instinto í­gneo que ha recibido de la Tierra, y que la ata a la existencia fí­sica.

Pero este Espí­ritu universal, este Espí­ritu Santo de nuestra Fe cristiana, no es sólo una abstracción mental en nosotros.

Vive en í‰l mismo y por í‰l mismo.

A través de la apertura que nuestra inteligencia Le concede, no sólo va labrando con Su llama celeste nuestras facultades intelectuales, sino también todos los registros armónicos de nuestros sentimientos, donde el Amor es el Principio central, idéntico a í‰l.

Después de los largos entrenamientos que ha tenido que realizar para recuperar la faz derecha de la Vida humano-divina, el Epopte recibe el secreto que le permite despertar !J1ientnls que su cuerpo duerme.

Envuelto en un sudario que le cubre la cabeza y le tapa herméticamente las orejas, los ojos y la narí­z, dejando vací­a sólo la boca, los brazos cruzados sobre el pecho, se ofrece vivo al íngel de la Muerte, y se abandona totalmente a Dios, con toda la fuerza de abnegación de su voluntad.

Después de unos rezos pronunciados en un Verbo misterioso, asida por el íngel de la Muerte, el alma es llevada ante Dios a través la Jerarquí­a de los íngeles, mientras que su cuerpo descansa como el de cualquier hombre que duerme.

¿Qué ve entonces? Una luz deslumbrante, y los íngeles la llevan a cualquier lugar en el que su piedad y su deseo de saber coincidan con la Voluntad del Eterno.

Por ello, los bardos de todos los templos han podido decir con razón: El Sol no se pone nunca para aquel que mediante la iniciación ha entrado en el Reino de Dios.

Pero cada noche, al abandonarse el íngel de la Muerte, ningún iniciado está seguro de su despertar fí­sico y de volver por la mañana a su existencia “terrestre.

¡Ah! la colosal reserva cientí­fica que autoriza, motiva, explica y demuestra de modo experimental la base y la lógica de la acción divina a través de todos estos medios de cultura social que reciben tan acertadamente el ‘ nombre de Cultos, no son desde luego un juego. y por Cultos, entiendo las grandes Sí­ntesis periódicas, que bajo el impulso de un Epopte soberano como Moisés, o de un Iniciador divino como Jesucristo, encaminan de nuevo a los miembros perfectibles de la Humanidad hacia la perfecta Armoní­a de la que los han sacado los Gobiernos polí­ticos.

No, no son, desde luego, un juego las ciencias y las artes que desde la cima de los Cielos hasta las entrañas de la Tierra, dan testimonio empí­rico de esta Armoní­a de las verdades y de las realidades.

No, tampoco es un juego la antigua Sabidurí­a, que fiel a sí­ misma, puede aún hoy ayudamos de modo experimental a verificar todo lo que realizaron un Moisés, un Orfeo, los Profetas y nuestro divino Mesí­as.

¡Pero ay de quienes sin una pureza absoluta de inteligencia, de sentimiento, de instinto, sin el control de la Ciencia sagrada, intentaran forzar las puertas de la Eternidad!

¡Ay de quienes, al margen de la Sabidurí­a y la Santidad, intentasen lanzarse de cabeza al otro lado de las cosas, al Océano del í‰ter resplandeciente!

y finalmente, ¡Ay de quienes imprudentemente, y fuera de los conductos creados y conservados por voluntad divina, como son la Religión, la Enseñanza y la Iniciación, entregaran las llaves positivas de lo Oculto a naciones o individuos insuficientemente preparados!

Aunque rozados por el í‰ter, estos Prometeos profanadores, caerí­an fulminados en los abismos del Ahankara, el elemento del yo individual y de la vida instintiva, quemados hasta los huesos, no por las lenguas de fuego del Espí­ritu celeste, sino por las llamas de la Concupiscencia genital.

Pues el mismo Fuego celeste que aspira hacia arriba, hacia el Espí­ritu a las almas puras, escupe hacia abajo, hacia las fuerzas í­gneas de la Tierra, a las almas impuras; y mientras las unas están con los íngeles, embelesadas por un Amor celestial, las otras, cabalgando a lomos de demonios, son tragadas por las simas de la infernal orgí­a.

í‰sta es la razón por la cual, al margen del recinto moral del JudeoCristianismo y de esta primitiva Iglesia llamada el Agarttha, por doquier donde ha pasado el cisma de Irshou, ya se trate de Asiria, de Siria, del Egipto de los Hyksos y de toda la Jonia europea, la idolatrí­a de las Potencias cósmicas mal comprendidas, unida al conocimiento alterado de los Misterios, ha paseado la antorcha de los Aquelarres orgiáticos, desde el Ganges hasta el Nilo, desde el í‰ufrates hasta el Eurotas, desde el Citheron hasta las siete colinas de Roma.

Y ésta es también la razón por la cual estas tremendas profanaciones han recibido castigos tremendos.

En el momento en que escribo y hablo, todaví­a no han cesado, y en la propia India, allí­ donde no llega la acción directa del Agarttha, los mismos desórdenes se siguen produciendo.

¡Ah! Entonemos todos el Mea Culpa, ante las llagas de la Humanidad, y, de una punta a la otra de la Tierra, digamos todos a la vez: ¡Es por nuestra culpa, es por nuestra culpa, por nuestra grandí­sima culpa!

Ningún Templo, ninguna Iglesia, ninguna Sinagoga, ninguna Mezquita, puede eludir esta unión universal de los hombres, tanto en el Mal como en el Bien.

«¡Qué me importan vuestros rezos, les dice el Eterno, para qué necesito yo vuestras ofrendas!

Lo que os pido es que trabajéis por vuestra Salvación general, unidos por una mutua Caridad en esta acción común de redención.»

Ninguna confesión, ningún Cuerpo de enseñanza, y el Agarttha menos que nadie, puede ya escabullirse impunemente de esta inmensa y santa labor de solidaridad.

Nadie puede en verdad decir: Me lavo las manos de este Mal. Todos y todas padecen y padecerán el Gobierno general de la ignorancia, de la iniquidad y la ruina general de las naciones, mientras los miembros del Cristo social, gracias a esta abstención, sigan sangrando y pudriéndose sobre su inmensa
cruz ecuatorial y polar.

Por desgracia, aún hoy, como en los tiempos de Astarté y de Afrodita, de Ceres Eleusina, de Isis y del falso Bacco de la decadencia, en algunas pagoda s de la India donde el sacerdocio es hereditario en lugar de conquistarse mediante un Examen como en el Agarttha, suceden cosas infames en determinadas épocas del año.

Lo sé, y ninguna fuerza humana me impedirá gritarlo aquí­ para reprobarlo.

Y, vosotros, los iniciados, que hoy como ayer, veis frí­amente, desde detrás de los pilares, desarrollarse estas bacanales demoní­acas, os digo que no es suficiente que no participéis en ellas; es necesario que las impidáis: éste es el precio de la resurrección y de la redención de vuestra patria.

Pero volvamos al Agarttha.

La absoluta pureza de su tradición, de sus enseñanzas, de su disciplina y de sus costumbres ha sido vagamente presentida desde siempre.

Ya en 1784, el propio Herder, sin tan siquiera sospechar su existencia actual, afirmaba que sólo la más sabia y la más santa de las Escuelas, podí­a haber formado en la remota antigí¼edad, a un pueblo como el Hindú, que salvo en algunas zonas del Indostán, donde los Misterios han sufrido desviaciones, y donde la ley de Manou, ya no se entiende por falta de estudio, presenta generalmente una suma inmensa de virtudes divinas y humanas, que en ningún lugar alcanzan las mismas cuotas.

Por ello, y para no ser injustos, hay que contabilizar con exactitud el elevado número de sectas que las distintas provincias de la India ofrecen a la observación del viajero.

Sin duda el tronco común es la gran Universidad de la que hablo, pero esto en la más remota antigí¼edad.

De modo que serí­a inicuo reprocharle las vergí¼enzas, las supersticiones, las atrocidades engendradas desde hace siglos por la Anarquí­a general y local, por las sucesivas conquistas que tras las revoluciones esclavizaban al clero y poní­an en connivencia los vicios del poder polí­tico con la corrupción de las costumbres y de las ideas del pueblo.

Toda idolatrí­a viene de ahí­, es decir, de la Polí­tica, la gran Prostituta de Babilonia, como la llaman los Profetas judeo-cristianos.

Tan sólo una cosa puede resultar sorprendente, y es que después de una existencia que se contabiliza en ciclos, y a pesar de todos los males desencadenados por el cisma de Irshou, la India exista aún, y pueda con tener la suma inmensa de virtudes que sin cesar se cultivan allí­, y los conocimientos que se encuentran en el Agarttha.

Jamás, en semejantes condiciones, y sobre las bases polí­ticas actuales, la Judeo-Cristiandad hubiera podido mantenerse y subsistir, no ya cinco mil años, sino tan siquiera quinientos. y los bárbaros de las canteras de América de todas nuestras grandes ciudad no habrí­an perpetrado menos atrocidades que ciertas ramas del sivaí­smo, que los Thugs o los adoradores de Kali.

¿Podemos reprochar a las blancas y puras cumbres del Himalaya, a sus glaciares ví­rgenes, a sus nieves eternas, a sus fuentes sin contaminar, a sus torrentes orgullosos y cristalinos, el fango y los cadáveres que arrastran hacia el mar las aguas turbias del Indus y del Ganges?

Lo mismo sucede con el Agarttha, que siempre ha expulsado de su seno toda impureza intelectual o moral, toda intolerancia, toda polí­tica, toda arbitrariedad del pensamiento o de la voluntad, toda superstición, toda idolatrí­a, y toda magia negra.

í‰ste es el motivo de que algunas servidumbres domésticas del Agarttha sean realizadas, desde hace muchos siglos, por brigadas semanales de alumnos, bajo el control de los Templarios que hacen el servicio militar en la policí­a.

Esto no ocurrí­a así­ antes de los tiempos de í‡akya Mouni, en aquel entonces, pueblos enteros de subalternos se ocupaban del servicio de las celdas de los Dwijas, de las casas de los Pundits, de los laboratorios y los observatorios de la Universidad.

Tal es el origen de este cambio del que proceden gran minero de sectas, unas más o menos inocentes, otras más o menos feroces.

Cuando el cisma budista estalló en el exterior, se produjo entre los servidores asalariados de la Metrópolis universitaria una especiede revolución polí­tica.

Embravecidos por su elevado número, quisieron derrocar la Jerarquí­a del magisterio y del poder, para entronizar en su lugar una hermosa y pequeña anarquí­a de su propia cosecha.

Los barrenderos de las salas de filosofí­a empezaron a predicar en contra de los Misterios y sobre todo en contra de las condiciones de la Iniciación.

Los de los talleres, los de los laboratorios y los de los observatorios pretendieron erigirse en doctores, y dedicarse sin más a la práctica de la Magia.

Inevitablemente cayeron en la magia negra, y, ayudándose de ciertas fórmulas trastocadas, recibieron de abajo algunas respuestas a los dictados que pretendí­an imponer desde arriba.

Fue entonces cuando se produjo la primera expulsión en masa, que dio origen a las diferentes tribus, unas sedentarias y otras errantes.

Entre las primeras, hay una que ha ensangrentado más la India de lo que jamás logró Moloch ensangrentar sus altares, la inquisición sus potros, o el 93 sus guillotinas.

Esta secta, monstruoso amalgama de ignorancia y de superstición, que confunde en un mismo odio a los brahmanistas y a los budistas, esculpió en algunos desfiladeros del Himalaya, una enorme estatua de piedra.

La mandí­bula inferior es móvil y al abrirse muestra una boca de varios metros de circunferencia sobre una cloaca interior, que va a parar a profundos abismos llenos de agua.

Un mecanismo hidráulico hace moverse la mandí­bula de este abismo, del que los constructores fueron los más atroces oficiantes.

Estos sivaí­stas, renovando las más negras infamias polí­ticas de los tiempos druí­dicos, fueron acostumbrando a las gentes a los sacrificios que estaban meditando, haciendo que su infernal divinidad devorara manadas enteras de bueyes vivos.

De lejos se podí­a escuchar una especie de trueno subterráneo, una tormenta de bramidos que se confundí­an en las entrañas de este monstruo con espantosos gorgoteos de agua, y ruidos de cadenas y el estruendo incesante de la infernal mandí­bula.

Y los feroces idiotas que serví­an el vientre de esta Bestia, mitad montaña, mitad máquina, declaraban que su dios estaba satisfecho hasta el dí­a siguiente.

¡Desgraciadamente! pronto les tocó el turno a los hombres, sobre todo a los más sabios siempre que se les pudo echar mano.

¡Y esto duró siglos enteros! Hoy, hace siglos que esta mandí­bula ya no funciona, y que la máquina hidráulica que la moví­a, está fuera de uso; pero la secta sigue existiendo, y sigue manejando el puñal, aunque debilitada y atravesada en todos los sentidos por la acción del Agarttha.

Entre las tribus menos culpables que fueron expulsadas de la gran Universidad junto a las anteriores, existe una errante, que desde el siglo quince pasea por Europa sus prácticas singulares.

í‰ste es el origen de los Bohemios: Bohami, apártate de mí­. Estas pobres gentes llevan consigo algunos vagos recuerdos, y algunas fórmulas perdidas entre un montón de supersticiones más o menos toscas.

Tarde o temprano volverán a su patria de origen, cuando el viento de la Sinarquí­a restituya a la India el antiguo Espí­ritu de su organización primera, verdadera, justa y buena.

No podrí­a hablar de los expulsados del Agarttha sin mencionar a sus más humildes servidores, unos hombres que dedican su vida a recorrer la India entera encantándola con prodigios sorprendentes y maravillosas poesí­as llenas de misterio.

Todo el mundo ha leí­do las cosas extraordinarias que hacen los Fakires.

No hay ningún viajero, que no se haya referido a ellos, a veces con entusiasta admiración, y siempre con profunda sorpresa.

Los Fakires son en su mayorí­a antiguos alumnos del Agarttha, que se han detenido en la entrada de las altas gradaciones, y se han consagrado a una vida religiosa, parecida a la de los monjes mendicantes de nuestra edad-media.

Sus ciencias, o mejor dicho, sus artes, son tan sólo las migajas de la mesa sagrada de la enseñanza esotérica.

Los secretos que les han transmitido los gurús de la Universidad son muy reales; y su humilde misión tiene como objetivo,.llevar hasta la última de las aldeas algunos rayos fenoménicos, que demuestren a los Hindúes que la antigua Ciencia conserva aún en algún lugar su luminoso hogar.

No recordaré aquí­ los múltiples hechos mediante los cuales estos humildes religiosos sorprenden la imaginación.

La mayorí­a de estos fenómenos tienen como causa principal la Fuerza celeste que denominamos í‰ter.

Antes de emprender su gira, el fakir es cargado, en los templos, como si de una pila eléctrica humana se tratara.

Esto se realiza de un modo tan metódico como nuestras experiencias de fí­sica o de quí­mica, aunque este tipo de fenómenos estén a medio camino entre las ciencias fí­sicas y las ciencias humanas, e incluso en cierto modo también participan de las del Cosmos entero.

Entre los agentes quí­micos que permiten que los fakires sean durante un cierto lapso de tiempo, unos condensadores saturados de í‰ter y de magnetismo terrestre, existe uno que es, perfectamente conocido en nuestros laboratorios, pero del que nadie sospecha las propiedades ocultas y fisiológico dinámicos.

Mientras está en éxtasis, se cubren todas las extremidades del cuerpo del fakir con esta substancia, entonces se convierte en una auténtica antorcha viviente, que arde con dos tipos de fuegos, etéreo arriba, magnético en la base.

Es necesaria una fe, una voluntad y una abnegación tremenda para que esta pobre gente solicite y acepte con alegrí­a, semejante combustión vital.

Casi todos mueren jóvenes, pero tienen el consuelo de haber cumplido su misión para con los más desheredados de sus compatriotas, y de gozar a su vez inmensamente, del Océano in discontinuo de las visiones indescriptibles, de cuyo seno sacan las fuerzas que ponen de manifiesto.

Sé que el Agarttha, conmovido desde hace mucho tiempo por la decadencia de ciertas ramas del sacerdocio oficial y hereditario en las provincias del sur, y por la corrupción de las costumbres y los abusos que reinan en las pagodas de las distintas sectas, se empeña en restituir en todas partes el estudio cientí­fico de los textos sagrados: Vedas, Zem Avesta, texto hebreo de Moisés y del Nuevo Testamento.

Sé también que un gran número de iniciados ha abrazado el partido de una reforma activa, y que el Bnlhatmah espera en silencio el resultado de sus esfuerzos.

Su función pontificial, como jefe de una Universidad sagrada no le permite hacer más, y le prohí­be imponer a nadie conocimientos y virtudes que la iniciación otorga a quienes saben pedirlos.

La santa causa de esta reforma, que no es más que un retorno a la verdadera tradición sagrada de los Vedas, cuenta ya, no sólo con apóstoles, sino también con mártires, caí­dos acribillados a puñaladas.

Los Agartthianos no los lloran, pues saben que están vivos, y los envidian.

En sus enseñanzas, la inmortalidad del alma no es sólo una fe de sentimiento, es sobre todo una certeza absoluta del Conocimiento.

Desde la antigí¼edad, todo iniciado, una vez muerto es interrogado, en el plazo señalado por los sabios sacerdotes.

Las puertas están cerradas, el cadáver yace sobre las losas, y el alma que ha emprendido el vuelo, es llamada para que hable con ayuda de los medios indicados en nuestros santos Testamentos y desarrollados a lo largo del verdadero texto de los Vedas.

En la Lengua universal, el alma cuenta todas sus impresiones a partir del momento en que ha sido arrebatada por el íngel de la Muerte, todas las sensaciones que ha experimentado en el Océano fluí­dico en el que se ha hundido, y sobre el que el Sol durante el dí­a, y la Luna durante la noche, ejercen, concurriendo con las Estrellas, su misteriosa influencia.

Habla de las regiones atractivas, para las que, según sus méritos, la preparan sus jefes espirituales, ya sea arriba, ya sea abajo, para cuando suene en el reloj sideral de los Mundos, la hora de las grandes migraciones de las Esencias humanas.

Habla de los viajes de las almas, de los peregrinajes incontables hacia el Polo norte, de los raptos y de los vuelos infinitos, que suben por millones con ciertas corrientes fluí­dicas hacia un Astro cercano.

Luego bendice a los que se quedan, y emprende el vuelo, pero sin abandonados no obstante.

Gracias a las substancias de las que he hablado, se ha podido seguir, durante largo trecho a las Almas, recorriendo todos los grados ascendentes de los Mundos, hasta los lí­mites más extremos que constituyen los confines de nuestro Sistema Solar y abren el Gan-bi-Héden de la Cosmogoní­a egipcia de Moisés, la morada del Adam-Eva, sobre la cual se extienden los Tabernáculos de IíŠVíŠ, de quien Cristo es el Espejo solar.

Los familiares del muerto pueden venir así­ a recabar en los Santuarios un consuelo inefable; saben dónde están sus seres queridos, lo que les puede agradar o ser útil; y en determinadas épocas cósmicas del año, los ven e incluso hablan con ellos.

í‰ste es uno de los secretos del antiguo Culto de los Antepasados; y para este tema remito al lector a mi Misión de los Judí­os, al punto donde hablo del Libro de los Muertos en el antiguo Egipto.

¡Cuántas cosas podrí­a contar! Pero no es a un solo hombre a quien corresponde revelar todas estas santas cuestiones, sino al cuerpo de los sabios, una vez que se haya reconciliado.

No creo necesario añadir, que entre todas las ciencias y artes, las de las Profecí­as, son enseñadas y practicadas maravillosamente en el Agarttha.

Estas prácticas no se parecen en nada a las que el cisma babilonio ha legado a los curiosos de nuestra era.

Los Principios se hayan aquí­ en su auténtico lugar, y el control directo del Espí­ritu Santo se invoca perpetuamente.

Como en los mejores tiempos de Egipto y de la antigua Sinarquí­a del Carnero y del Cordero, la facultad femenina goza de todas las prerrogativas iniciáticas de la facultad masculina.

La mujer de cualquier iniciado puede convertirse en su igual en los divinos Misterios, e incluso sobrepasarlo, pues sus derechos universitarios y sociales son idénticos.

Y con toda justicia, fiel a la Tradición esotérica de Moisés, de los Abramidas y de los Ramidas, el Cristianismo ha concedido a la divina Madre de Cristo, todas las prerrogativas de la Isis de los nuevos tiempos.

Era en efecto una Epopte, quien en el propio Templo de Jerusalem, tení­a en calidad de «Alma», todos los secretos de la Ciencia esotérica, todas las virtudes que la llevaron a recibir de la Divinidad y de sus íngeles el Alma resplandeciente del Redentor.

Para cualquier lector que sea capaz de leer entre lí­neas, he dicho tantas cosas en La Misión de los Judí­os, sobre las Universidades antiguas y sobre las Escuelas jonias y dorias de las Profetisas y de los Profetas, que no es necesario repetidas aquí­.

Me limito a confirmar de modo absoluto todo lo que he expuesto o dado a entender sobre estos Misterios del Espí­ritu humano y de la Vida humana, desde el Ciclo de Ram hasta los Templos de Egipto, de Tracia y de Etruria, desde el Sinaí­ hasta Belén y el Calvario.

Cuando el iniciado alcanza un determinado grado, que liga su alma a la Unión divina, a la celeste Yogina, es conducido a un panteón donde se le muestra una estatua, de la que él ha sido el molde sin que lo haya sabido, y que ha sido fundida en una substancia mineral artificial, como la de los obeliscos de Egipto, que con el paso del tiempo va adquiriendo una dureza inalterable.

y entonces, a través de los miles de ramificaciones que sustentan las bóvedas radiantes, puede ver extenderse hasta el infinito una multitud de estatuas.

Su guí­a, tocado según la época en que estén, con una u otra insignia zodiacal, le va murmurando en voz baja los nombres de cada una de ellas.

Todos los Epoptes de la humanidad están aquí­, todos sus bienhechores, todos sus reveladores, sin ninguna distinción de Culto o de Raza.

Aquí­ y allá, muy rara vez, se yergue, sobre una peana mutilada, una forma quebrada, cuyos miembros o cabeza cubren el suelo con sus restos.

Es un Epopte caí­do, que ha hecho daño a sus semejantes.

Ningún iniciado puede sacar del Agarttha los textos originales de sus libros de estudio: están, como ya he dicho, gravados en piedra en caracteres indescifrables para el vulgo.

Sólo la memoria debe conservar su imagen; esto es lo que hizo pronunciar a Platón esta afirmación paradójica: La Ciencia se perdió el dí­a en que se publicó un libro.

En muchos casos, ni siquiera se llevan sus propios manuscritos.

Esto explica porqué í‡akya-Mouni al volver de una excursión al exterior, en el siglo sexto de nuestra era, dio un grito terrible, al no encontrar a su regreso los cuadernos de estudio que habí­a dejado en su celda.

Se sintió momentáneamente perdido pues contaba con este tesoro para realizar el movimiento revolucionario que habí­a preparado en silencio.

En vano corrió al Templo central donde reside el Brí¢hatmah: las puertas permanecieron despiadadamente cerradas.

En vano puso en marcha durante una noche entera, toda la Magia que la Ciencia le habí­a enseñado:

La Adivinación del Sanctuario supremo lo habí­a previsto todo, lo sabí­a todo.

Y, después de su fuga, el fundador del Budismo sólo pudo dictar a sus primeros discí­pulos, apresuradamente, lo que su memoria habí­a sido capaz de retener.

Estas palabras serán oí­das por los Budistas, y a través de ellos llegarán a la cima de su jerarquí­a, hasta la Parivena de Colombo; hasta el Pontí­fice de Sumangala.

Mi objetivo, al pronunciarlas, es traer de nuevo la Alianza mutua de los templos: Los Budistas son unos divulgadores con muchos meritos y virtudes, y los Brahmas del Agarttha siguen siendo sus auténticos Hierofantes.

Acabo de mencionar que antes de su última fuga, el venerable í‡akya-Mouni no pudo abrir las puertas del Sanctuario central donde reside el Brí¢harmah.

El recinto es efectivamente infranqueable sin voluntad.

El sótano está construido de un modo mágico, con distintos medios en los que el Verbo divino juega su papel, como en todos los templos antiguos.

Salvo el Hombre y las Potencias inteligentes y atractivas de los Cielos, ningún ser terrestre puede vivir allí­, ningún germen vegetal ni animal puede conservarse allí­.

Penetremos en este Tabernáculo; vamos a ver al Brí¢hatmah, prototipo de los Abramidas de Caldea, de los Melchisédec de Salem y de los Hierofantes de Tebas y de Menfis, de Sais y de Amón.

Excepto los más altos iniciados, nadie a visto jamás cara a cara al Soberano Pontí­fice del Agarttha.

Sin embargo, en ciertas ceremonias muy conocidas, en Jaggrenat por ejemplo, se muestra ante los ojos de todos, con unas magní­ficas ropas.

Montado en un elefante blanco, irradia, desde su tiara hasta sus pies, una luz deslumbrante que ciega la vista, con los destellos que desprende.

Pero es imposible distinguir sus rasgos entre los dé los demás pontí­fices, pues una franja de diamantes que refleja toda la luz del sol vela su rostro con un resplandor.

Estas sabias medidas de precaución datan de la época de la ruptura de la antigua Sinarquí­a, y se han endurecido después de í‡akya-Mouni.

El traje ceremonial del Brahatmah resume todos los sí­mbolos de la organización agartthiana y la Sí­ntesis mágica, fundada en el Verbo eterno, del que es la viva imagen.
Y así­ sus sucesivos ropajes, hasta la cintura, llevan los grupos de todas las letras mágicas que son los elementos de la gran ciencia del Aum.

Sobre su pecho Brilla el racional con todos los fuegos de las piedras simbólicas, consagradas a las celestes Inteligencias zodiacales, y el Pontí­fice puede renovar a voluntad el prodigio de encender espontáneamente la llama sagrada del altar, como Aaron y sus sucesores.

Su tiara de las siete coronas, rematada por los santos jeroglí­ficos, expresa los siete grados del descenso. y de la reascensión de las almas a través de estos Esplendores divinos que los Cabalistas llaman los Séfirots.

Pero este alto Sacerdote me parece aún más grande cuando, despojado de sus insignias, entra solo en la cripta sagrada donde yace su predecesor y lejos de la pompa ceremonial, de todo adorno, de todo metal, de toda joya, se ofrece al íngel de la Muerte con la más absoluta humildad.

¡Terrible y extraño Misterio teúrgico! Allí­, sobre la tumba del Brahatmah anterior, hay un catafalco cuyas franjas indican el número de siglos y de Pontí­fices que se han sucedido.

A este ara fúnebre, sobre el que reposan ciertos aparatos de la Magia sagrada, sube lentamente el Bnlhatmah con los rezos y gestos de su antiguo ritual.

Es un anciano, descendiente de la bellí­sima Raza etí­ope, de tipo caucásico, Raza que después de la Roja, y antes de la Blanca, sostuvo antaño el cetro del Gobierno general de la Tierra, y labró en todas las montañas esas ciudades yesos prodigiosos edificios que encontramos en todas partes, desde Egipto y la India hasta el Cáucaso.

En esta cripta fúnebre en la que nadie más que él penetra, está el Brahatmah, completamente afeitado, desnudo desde la cabeza hasta la cintura; y esta humilde desnudez es el sí­mbolo mágico de la Muerte.

Aunque ascético, su cuerpo es elegante y con una musculatura fuerte. En el extremo superior de su brazo llaman la atención tres delgadas cintas simbólicas.

Por encima del rosario y del chal blanco, que resalta sobre el negro de su piel y cae desde sus hombros hasta sus rodillas, se yergue una cabeza de una notable dignidad.

Sus rasgos son muy finos. La boca, pese a los dientes apretados por el hábito de la concentración intelectual, y de la voluntad, muestra unos labios bondadosos, en los que flota la luz interior de una inalterable caridad.

La barbilla es pequeña, pero lo bastante sobresaliente para indicar una gran energí­a, que confirma la nariz aquilina.

Las gafas dejan entrever unos ojos bien dibujados, fijos y tan profundos como bondadosos.

Estas últimas, que suelen endurecer, por lo general, cualquier fisonomí­a, dejan intactas en ese rostro una gran dulzura unida a un auténtica fuerza.

La frente es enorme, y el cráneo desgarnecido en parte.

En conjunto, este Mago-Pontí­fice, representa una tipologí­a absolutamente fuera de lo común.

Es ciertamente el vivo emblema de la cima de una jerarquí­a a la vez sacerdotal y universitaria, que une en ella de modo indivisible la Ciencia y la Religión.

Cuando, concentrado en la santidad de su acto interior y de su voluntad, el Pontí­fice une sus manos, notables por su pequeñez, en la base del catafalco, el ataúd de su predecesor se ha corrido hacia una ranura, y ha salido por sí­ sólo.

A medida que el Brahatmah prosigue sus oraciones mágicas, el alma que invoca actúa desde lo alto de los Cielos a través de siete láminas, o mejor siete conductos metálicos que, partiendo del cadáver embalsamado, se reúnen ante el Pontí­fice de los Magos en dos tubos verticales.

Uno es de oro, el otro de plata, y corresponden, el primero al Sol, a Cristo y al Arcángel Mikael, y el segundo a la Luna, a Mahoma y al íngel Gabriel.

Ante el Soberano Pontí­fice, pero a cierta distancia, están colocadas sus varas mágicas y dos objetos simbólicos: el uno es una granada de oro, emblema del ludeo-Cristianismo, el otro, una luna creciente de plata, sí­mbolo del Islamismo.

Pues la plegaria, en el Agarttha, reúne en un mismo amor y en una misma sabidurí­a a todas las Religiones que preparan en la Humanidad las condiciones del retorno cí­clico a la Ley divina de su organización.

Cuando el Brahatmah reza por la Unión, coloca la Granada sobre el Creciente, e invocan juntos al íngel solar, Mikael, y al íngel lunar, Gabriel.

A medida que prosigue la invocación misteriosa del Brahaimah, las Potencias van apareciendo antes sus ojos.

Siente y escucha al alma a la que llama, esta es atraí­da espiritualmente por sus invocaciones y mágicamente por el cuerpo que ha abandonado y por su armadura metálica que corresponde a la escala diatónica, de los siete Cielos.

Entonces, en la Lengua universal de la que he hablado, se establece un diálogo teúrgico entre el Soberano Pontí­fice evocador, y los íngeles que traen hasta él, desde lo alto de los Cielos, las respuestas que se dan a sus preguntas.

Los signos sagrados dibujan en el aire las letras absolutas del Verbo. Mientras que se desarrollan estos Misterios, mientras se escucha la Música de las Esferas celestes, un fenómeno sorprendente, aunque de tipo semifí­sico sucede en la tumba.

Del cuerpo embalsamado sube lentamente hacia el Brahatmah que está orando, una especie de lava perfumada, en la que se pueden ver numerosos filamentos y arborescencias extrañas, semi-fluí­dicas y semi-tangibles.

Es la señal que indica que, desde el lejano astro que habita, el alma del. Pontí­fice anterior, lanza, a través de la jerarquí­a de los Cielos y de sus Potencias celestes, los rayos concentrados de todos sus recuerdos, sobre la cripta sagrada donde reposa su cuerpo.

Así­ se verifica, aún hoy, todo lo que Ram predijo sobre la animación sucesiva, que recibirí­an de él, aquellos de sus sucesores que conservaran santa y sabiamente la Tradición del Ciclo del Cordero y de la Sinarquí­a del Carnero.

Así­ es en el Agarttha, así­ fue en las pirámides de Egipto, en Creta, en la Tracia y hasta en el Templo druí­dico de Isis en el propio Parí­s, donde ahora se eleva Notre-Dame, el Misterio supremo del Culto de los Antepasados.

í‰sta es también la razón por la cual todos los iniciadores esotéricos han procurado proteger sus sepulturas de las profanaciones¡

Incluso entre los altos iniciados, hay muy. pocos que sepan lo que acabo de contar sobre el Misterio de la Cripta fúnebre que sólo conoce el Archis de ultra-tumba que lleva el nombre de Marshis, Prí­ncipe de la Muerte.

El Brahatmah está casado y tiene una numerosa descendencia; pero, como ya digo en La Misión de los Judí­os, la herencia no tiene nada que ver en la verdadera organización ramidea de la antigí¼edad.

Los hijos o las hijas del propio Soberano Pontí­fice, sólo pueden tomar parte en la jerarquí­a agartthiana, pasando por la ley común del Examen.

De modo que las acusaciones, fruto de la ignorancia, contra la antigí¼edad auténtica, se caen por su propio peso.

Lo que los escépticos han tomado en todas partes por la Teocracia, no era más que la decadencia de las clericaturas locales bajo la presión de los Poderes polí­ticos que emergieron del cisma- de Irshou.

Allí­ donde la ausencia de coacción arbitraria, ha permitido a la antigua Autoridad enseñante conservar su carácter magistral, vemos cómo este último aparece, incluso en nuestros dí­as, como la culminación inevitable de todo progreso social.

Si estas crí­ticas se proponí­an censurar el servilismo de las Clericaturas y de cualquier Cuerpo enseñante, para con los Poderes polí­ticos que distribuí­an recompensas, oficios y honores, estaban completamente justificadas, y estoy de acuerdo con ellas.

Pero si lo que pretendí­an era inferir de ahí­, que la totalidad de los Cuerpos enseñantes, cuya autoridad constituye en realidad la Teocracia social, debe permanecer en estas condiciones de dependencia, respecto a esos mismos Poderes polí­ticos, se equivocan y mi deber consiste no en combatirlas, sino en aportar luz en el asunto.

Por ello, después de mis Misiones precedentes, les muestro al descubierto y en toda su pureza feocrática, la más antigua Universidad de la Tierra, compuesta por un total de quince millones de hombres, sin hablar del número aún más considerable constituido por sus afiliados.

Publicado por Débora Goldstern en 18:21

Etiquetas: Agartha, Gobi, Mundo Subterráneo, Ocultismo, Saint Yves d’Alveydre, Sociedades Secretas

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